¿Podés demostrar quién vio ese video, y cuándo?
Quién ve qué, quién hizo qué y cómo se demuestra después
Personas, matrículas, accesos y horarios: un sistema de video junta lo más delicado que tiene una organización. Y quien lo compra no solo tiene que hacerlo andar: tiene que poder explicar, meses después, quién vio qué y por qué. IRIS arranca de ahí. Cada persona entra con su cuenta y ve solo lo que le toca, y todo lo que hace queda escrito en un registro que no se puede retocar. Un administrador tampoco.
De un vistazo
Lo que sabe hacer
Quién ve qué cámara
Se dan y se sacan de a uno: 315 permisos repartidos en 66 módulos. El acceso se concede a un local entero, a una sola cámara o a un caso concreto, con fecha de vencimiento.
Y a qué hora entra
Días, horas y meses: cada persona tiene su franja, y fuera de ella no entra —la pantalla le dice por qué—. La entrada lleva segundo factor, y las sesiones abiertas se ven y se cierran.
Un registro que no se retoca
Una huella ata cada acción a la anterior, y todas quedan escritas. Alterar un asiento rompe la cadena, y la pantalla canta en cuál y en qué fecha.
Lo que se entrega va firmado
A planilla de cálculo, a archivo de intercambio o a informe, y siempre con su huella adentro: así sale el registro. Quien lo recibe comprueba que no se tocó. Y la propia exportación queda registrada.
Destapar una zona son dos personas
En negro para todo el mundo: así van las zonas privadas. Levantar una tapa pide motivo escrito, la aprobación de otra persona y un tiempo limitado, y deja anotado quién, cuándo y por qué.
Cada dato, con su plazo
Cada tipo lleva su plazo y su base legal escrita al lado, porque el video, el registro y los datos personales no duran lo mismo. La limpieza corre solo de madrugada y deja constancia de lo que borró.
Enterarse antes de necesitarlo
Qué cámara lleva dos días sin imagen y cuál no la está vigilando nadie: eso lo dice la pantalla. Y cuando algo no se midió, lo dice así, en vez de pintarlo de verde.
Todo por un solo puerto
Ni archivos de configuración ni entrar al servidor: la administración entera se hace desde el navegador. Todo viaja por el puerto 443, y los modelos y los mapas son propios, así que anda sin internet.
Ocho perfiles ya hechos
Vienen hechos administrador, operador, auditor, supervisor, técnico, validador, responsable de cumplimiento y delegado de protección de datos. Nadie arma el modelo de permisos desde cero: se parte de uno, se duplica y se recorta.
Qué queda escrito exactamente
Por cada acción, 27 datos: quién, qué, sobre qué, desde qué dirección y con qué programa, cómo estaba antes y cómo quedó después, si salió bien o se denegó, y una frase en lenguaje llano para quien no conoce el sistema.
Los siete derechos, atendidos
Cada persona presenta el suyo y baja sus datos desde su propio perfil. Y los siete —acceso, rectificación, supresión, limitación, portabilidad, oposición y decisión automatizada— tienen pantalla propia, reloj propio y aviso antes de vencer.
Sin línea de comandos
Administrar esto no exige un especialista: no hay archivos que editar ni servidor al que entrar. Son 1.524 valores de configuración repartidos en 44 servicios, todos desde el navegador y todos auditados con quién y cuándo.
El área que responde un pliego
Lo que hay que poder mostrar cuando alguien pregunta
Un permiso no es una llave maestra. IRIS reparte 315 permisos en 66 módulos, y se dan o se sacan de a uno: se decide quién ve qué cámara, quién exporta video y quién no puede hacer más que mirar. Vienen ocho perfiles hechos —administrador, operador, auditor, supervisor, técnico y alguno más—, y quien necesite otro los duplica y los recorta, sin límite. Arriba del permiso está el alcance: sobre qué local, sobre qué cámara, sobre qué caso, con fecha de vencimiento y con aviso una semana antes. Y hay una regla escrita en la propia pantalla: si un grupo deniega algo, esa denegación gana siempre, aunque el perfil lo conceda. Eso es lo que permite dar un perfil amplio y recortarlo para un grupo concreto sin inventar un perfil nuevo.
Se escribe y no se toca más: el registro de auditoría solo admite agregar. Y esa no es una promesa del programa, es una regla del propio almacén de datos, que rechaza cualquier intento de modificar o borrar un asiento a mano, venga de quien venga. Cada asiento se ata al anterior con una huella y guarda 27 datos: quién, qué, sobre qué, desde qué dirección, cómo estaba antes y cómo quedó después. En una instalación andando eso suma 489 acciones distintas registradas —entradas y salidas, cambios de permiso, la apertura de una grabación, el movimiento de una cámara, exportaciones, cambios de configuración—. Un botón recorre la cadena entera y contesta si está íntegra o en qué asiento y en qué fecha se rompió. Y el registro se sella por períodos, para que dentro de dos años se pueda contrastar el estado que tiene hoy.
Los datos personales se tratan por tipo, no en bloque. Cada tabla lleva su plazo con su base legal escrita al lado, y una pasada nocturna los aplica sola y deja rastro de lo que borró; antes de armarla se puede lanzar en simulacro, que no borra nada y muestra lo que caería. Las siete solicitudes que puede presentar una persona —acceso, rectificación, supresión y las demás— tienen su pantalla, su plazo y su aviso cuando el vencimiento se acerca, y cualquier usuario presenta la suya desde su perfil. Una brecha de seguridad se abre con su reloj de 72 horas a la vista, y el panel destaca las que ya lo pasaron. Las zonas privadas de una cámara van en negro para todos, y destaparlas exige motivo escrito, una segunda persona que lo apruebe y un tiempo limitado. Los datos biométricos llevan plazo propio, separado del video, y la pantalla avisa por escrito de que alargarlo aumenta la exposición legal, en vez de dejar que se alargue sin que nadie diga nada.
Acá el cumplimiento es una lista, no un discurso. Los 79 controles del Esquema Nacional de Seguridad español de nivel alto y los 93 del anexo A de la ISO 27001 están ahí, cada uno con su estado, sus evidencias, la fecha de la última revisión y el nombre de quien la hizo; y los dos marcos van cruzados, así que una sola declaración de aplicabilidad contesta las dos auditorías. Hay además un registro de los sistemas de inteligencia artificial en uso y una cola donde una persona revisa decisiones de la máquina y las confirma, las anula o las escala. Ahora, lo que esto no es: IRIS ayuda a cumplir esos marcos, y no está certificado ni homologado en ninguno. Se certifica la organización que explota el sistema, con sus procesos y sus instalaciones; el producto aporta las pruebas. La única homologación de un tercero que sí tenemos es la del conteo de personas ante el Centro Español de Metrología, el instituto nacional de metrología de España, y no equivale a una homologación uruguaya.
La avería que sale cara es la que se descubre el día que hace falta el video. Por eso hay un panel que clasifica cada cámara —conecta, sin imagen, apagada a propósito, sin medir, sin vigilar— y dice desde cuándo está así, cuántos cortes lleva en las últimas 24 horas y en los últimos siete días, y cuál fue el más largo. Con los servicios y los servidores pasa igual: cuando algo falla no se pinta un ícono rojo, se escribe el motivo, y el motivo distingue entre no está andando, lleva horas sin refrescarse, responde pero no produce, y se apagó a propósito. Hay además un diagnóstico que caza las fallas mudas, las que nunca dan error: dos servicios peleando por el mismo puerto, un cambio de base de datos sin aplicar, un proceso de vigilancia detenido. Y una decisión que dice mucho del producto: cuando algo no se midió, la pantalla no lo pinta en verde. No es lo mismo que no haya averías que no haber podido comprobarlo, y acá se distinguen las dos cosas.
Toda la configuración vive adentro del sistema y se toca desde el navegador: 1.524 valores repartidos en 44 servicios —cámaras, almacenamiento, red, plazos, idiomas y husos horarios— sin un solo archivo que editar y sin entrar al servidor. Cada cambio guarda quién lo hizo y cuándo, y cada parámetro está documentado adentro de la propia plataforma: qué gobierna, en qué unidad, cuál es su valor por defecto y qué pasa si se pone en cero, que no siempre quiere decir infinito. El inventario de certificados es de la misma escuela: los enumera todos, avisa de los que vencen y levanta por su cuenta dos advertencias que casi nadie escribe en un folleto: que se está sirviendo con el certificado de fábrica, que es el mismo en todas las instalaciones, y que hay direcciones de la máquina que no figuran en ningún certificado. Renovar uno vuelve a pedir la contraseña del administrador, porque tener la sesión abierta no alcanza para sustituir un certificado, y antes de tocar nada se guarda copia de lo que había. Son detalles chicos, y son justo los que se extrañan a los seis meses.
Las cifras
Contado, no estimado
- 315permisos en 66 módulos, que se dan y se sacan de a uno
- 489acciones distintas que quedan escritas en el registro
- 79controles del Esquema Nacional de Seguridad español, con su evidencia
- 443el único puerto que hay que abrir en el firewall
- 27datos que guarda el registro cada vez que alguien hace algo
- 1.524valores de configuración en 44 servicios, todos desde el navegador
Preguntas
¿IRIS está certificado en el Esquema Nacional de Seguridad o en ISO 27001?
No, y ningún programa puede estarlo por vos: quien se certifica es la organización que explota el sistema, con sus procesos, su gente y sus instalaciones. Lo que hace IRIS es venir diseñado para ayudar a cumplir esos marcos con el trabajo ya hecho: los 79 controles del Esquema Nacional de Seguridad español de nivel alto y los 93 del anexo A de ISO 27001, cada uno con su estado, sus evidencias y su fecha de revisión, cruzados entre sí para no hacer dos veces la misma tarea. Lo decimos así en vez de mostrar un sello: en la primera auditoría se nota la diferencia. La única homologación de un tercero que sí tenemos es la del conteo de personas ante el Centro Español de Metrología, que es el instituto nacional de metrología de España y no equivale a una homologación uruguaya.
¿Puede un administrador borrar el rastro de lo que hizo?
No. El registro de auditoría solo admite agregar, y esa regla no la impone el programa sino el propio almacén de datos: cualquier intento de modificar o de borrar un asiento a mano se rechaza, tenga quien lo intente los permisos que tenga. Lo único que borra es la política de conservación que la organización declaró, y esa purga también queda registrada, con la política aplicada, cuántos asientos cayeron y quién la disparó. Además, cada asiento lleva la huella del anterior: si alguien tocara los datos por debajo, la cadena se rompería, y la pantalla de verificación diría en qué asiento y en qué fecha pasó.
¿Puedo darle acceso a una empresa externa solo a unas cámaras y solo unos días?
Sí, y es el caso normal. Se concede por cámara, por local —con todo lo que cuelga de él, o sin eso— o por caso de investigación, y siempre con fecha de vencimiento; de las concesiones que vencen en los próximos siete días avisa sola la pantalla. Arriba se le puede poner una franja horaria: fuera de esa franja la persona no entra y ve un mensaje explícito. Revocar exige motivo, y la concesión guarda quién la dio, cuándo, con qué motivo, quién la sacó y por qué. Ese es el mecanismo que cierra un acceso temporal, en vez de que quede abierto para siempre porque no se acordó nadie.
¿Qué pasa cuando alguien se va de la organización?
Se desactiva la cuenta, y es reversible por si vuelve. Sus sesiones abiertas se revocan al momento: las credenciales en curso dejan de valer sin esperar a que venzan, así que no queda nadie adentro hasta que expire una ficha. Las concesiones que tuviera sobre locales o cámaras se revocan con motivo obligatorio, y las claves de acceso que usaran sus programas se cortan y guardan quién las sacó. Lo que no se va con la persona es su rastro: el registro sigue demostrando qué hizo mientras estuvo. Y si además ejerce su derecho de supresión, el borrado se tramita como solicitud, con un período de gracia antes del borrado definitivo, y la anonimización sustituye el dato personal adentro de los asientos dejando la cadena intacta y contando cuántos se anonimizaron: el registro sigue demostrando qué pasó sin conservar quién era.
¿Cómo se demuestra ante un tercero que el registro no se tocó?
Con tres cosas que se pueden entregar. La primera es la verificación de integridad: recorre la cadena entera y responde íntegro, o señala el asiento exacto y la fecha donde se rompe. La segunda es la exportación firmada —planilla de cálculo, archivo de intercambio o informe—, que lleva la firma adentro del propio archivo, de modo que quien lo recibe comprueba por su cuenta que no se tocó, sin creerle a nosotros ni a vos. La tercera son los anclajes y el sellado por períodos, que dejan fijado el estado del registro en una fecha para poder contrastarlo años después. Y va con una advertencia que damos por escrito en la propia pantalla: los asientos escritos antes de activar el encadenado se declaran como tales, con cuántos son y por qué no se pueden verificar. Preferimos decirlo nosotros a que lo descubra el perito.
La interfaz real, paso a paso
La regla se pone una vez. IRIS la aplica siempre.
Lo que sigue es la interfaz resumida, andando paso a paso y sin que nadie la toque. En cada vuelta arranca otro caso. Completa, la herramienta no entra en una demostración.
- Mira todo el sistema
- Marca lo que falla
- Lo pone en una pantalla
Siguiente paso
El transporte público
¿Quién mira una terminal entera en hora pico?
De 17 casos, 11 avisan cuando pasa algo y 6 nada más que miden. Cada imagen se ve primero tal cual y después con lo que IRIS entiende encima.
El comercio
¿Quién ve las ventas que no llegan a la caja?
De 10 casos, 4 avisan cuando pasa algo y 6 nada más que miden. Cada imagen se ve primero tal cual y después con lo que IRIS entiende encima.
Y lo mejor
Preferimos prometer de menos.Que sorprenda la primera semana, no el folleto.
El primer día se dice lo que no da, y no el último. Antes que una lista larga que se cae apenas se prende, preferimos una corta que se cumpla entera.
Contanos tu problema y te decimos si IRIS lo entiende o todavía no.
Respondemos el mismo día hábil.