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¿Cómo se mira bien cuando hay muchas más cámaras que pantallas?

Muchas más cámaras que pantallas: aquí se decide qué se ve y cuándo

Cientos de cámaras. Una pared con doce huecos. Dos personas de turno. Todo el oficio se reduce a eso: qué se ve, a qué hora y quién lo ve. IRIS arma el mosaico en dos clics, lo guarda con su nombre y lo manda a la pared sin que nadie se pare de la silla. Y lo hace con las cámaras que ya están colgadas: montar un cuarto de monitoreo decente no empieza por cambiar de cámaras.

De un vistazo

Lo que sabe hacer

  • El mosaico, a tu medida

    Hasta 64 imágenes en una pantalla, con veinte formas de rejilla ya hechas o poniendo cada celda a mano donde te sirva. Y cuando entran más cámaras de las que caben, la rejilla crece: no bota la última.

  • Una celda no es solo video

    El mapa, el plano del edificio, el panel de incidentes abiertos, un reloj con la hora local de esa sede, texto, video: son diez los contenidos que caben en una celda. Y el mapa no está de adorno: se toca un marcador y esa cámara se mete al mosaico.

  • La pantalla de siempre, a un clic

    Con quién se comparte lo decidís vos, y la vista puede llevar horario: fuera de sus horas no está, y ya. La disposición entera se guarda con su nombre y mañana vuelve igual, desde el puesto que sea.

  • Rondas que se hacen solas

    Sin que nadie lo toque, el muro va pasando de una escena a la siguiente: 20 rondas de hasta 64 pasos, y cada paso se queda de dos segundos a una hora. La escena de día entra a la hora que le toca, y la de noche igual.

  • El muro, desde tu escritorio

    La miniatura del muro está en tu pantalla: se le suelta encima una cámara y esa cámara aparece en la pared de la sala. O se llena de un golpe con todas las de una zona, y al terminar dice cuántas entraron y cuántas se quedaron fuera.

  • Pantallas sin contraseña, con llave

    Ninguna pantalla de recepción sabe escribir una contraseña. Por eso el muro sale publicado como enlace, y ese enlace lleva PIN, fecha de vencimiento y lista de direcciones permitidas. Cambiarlo o anularlo es cosa de un momento.

  • Varios operadores, un solo mando

    Quién está mirando el muro y quién manda en él lo ven todos. Hay cuatro rangos de prioridad: el mando solo se pierde ante alguien de rango igual o mayor, quien lo pierde se entera al momento, y el relevo queda registrado con nombre y hora.

  • Lo que la IA ve, sobre la imagen

    Encima del video van las capas: la caja del objeto, las zonas, las líneas de conteo, la ocupación, la velocidad, la placa. Apagarlas es cosa de cada operador y no toca nada de lo que el sistema sigue midiendo y guardando por debajo. Y la elección viaja con la persona y con la cámara: mañana, en otro puesto, está igual.

  • Una cámara de 360°, cuatro encuadres

    Lo que cubrirían cuatro cámaras lo cubre una sola en el techo. Su imagen redonda se endereza en el propio navegador —panorámica, lupa o cuatro encuadres a la vez— y el pedazo que interesa se amplía sin mover un tornillo. La celda lo aclara, además: la cámara sigue quieta, lo que se mueve es la ampliación.

  • Ciclos de muros en una sola pantalla

    Pegando un enlace en el navegador de una pantalla dedicada, esa pantalla empieza a encadenar hasta 32 muros distintos, de cinco segundos a una hora cada uno. A los cuatro segundos sin que nadie toque nada se van los controles y el cursor: queda la imagen y nada más.

  • Rebobinar el muro entero, no una cámara

    Un solo mando y todas las celdas retroceden al mismo instante, hasta veinticuatro horas atrás, a media velocidad o a cuádruple, con saltos de diez y de sesenta segundos. Las celdas sin grabación de ese momento se marcan como tales en vez de quedarse negras, y volver al directo es inmediato.

  • Sabés si la pantalla sigue viva

    Que se caiga una cámara y nadie lo note hasta que hace falta es un problema conocido. Que la pantalla de la sala esté apagada, desconectada o enseñando todavía lo de ayer, también. Por eso cada pantalla del muro da señal de vida y dice qué versión de la disposición está mostrando.

El cuarto de monitoreo

Nadie tiene un monitor por cámara

Las instalaciones crecen siempre para el mismo lado: se agregan cámaras, no pantallas. Al final hay cientos de cámaras y una pared con ocho o doce huecos, y el oficio del operador deja de ser mirar y pasa a ser elegir. Elegir mal sale caro, porque lo que no está en pantalla no lo ve nadie. Y si cada mosaico se arma a mano, el turno arranca con quince minutos acomodando cámaras y termina con una pared que nadie recuerda cómo estaba. Ahí se va el tiempo de una sala: no en el video, en la colocación.

Con IRIS una disposición se guarda con su nombre y vuelve con un clic, igual mañana que dentro de un año, desde el puesto que sea. Se comparte con quien toca y admite horario, para que una vista esté disponible solo en las horas en que tiene sentido. Las rondas encadenan escenas que rotan solas, de dos segundos a una hora por paso, y con eso se recorren diez sitios desde una sola pantalla. Y hay reglas que trabajan sin nadie delante: la escena de día entra a su hora, la de noche también, y si salta un incidente la cámara implicada aparece en la celda reservada y se retira sola pasados unos segundos. Un incidente puede llegar a tomar el muro entero y devolverlo después exactamente como estaba. Acordarse de cómo estaba armado no le toca a nadie.

Nadie se levanta de la silla. Se arrastra una cámara sobre una miniatura y esa cámara aparece en la pared. Y aunque varias personas estén mirando el mismo muro, manda una sola: en pantalla se ve quién controla, el relevo se pide, y a quien lo pierde se lo dicen al momento. Distinto es la pantalla que no tiene a nadie delante —la de una recepción, la de una sala de reuniones—: esa abre un enlace publicado, con PIN, con vencimiento y con lista de direcciones permitidas, y cada intento fallido queda contado. Todo por un único puerto seguro, el 443, el mismo de cualquier página web; traducido al área de redes, son trece reglas de cortafuegos que nadie tiene que pedir, justificar ni mantener, y en los puestos no hay nada que instalar. Y sigue funcionando con la instalación desconectada, porque los mapas y los modelos viven adentro: ni una imagen sale hacia un tercero.

Mirar sirve de poco si después hay que cambiar de programa. Desde la propia celda se mueve una cámara motorizada, se rebobinan los últimos treinta segundos, se abre una incidencia con esa cámara ya puesta de contexto o se exporta una hoja de evidencia con su huella de custodia. Y la pantalla nunca miente a favor: si una celda no puede dar video en vivo porque se llegó al tope de reproducciones a la vez, pasa a imagen fija que se refresca y lo dice, en vez de quedarse negra. Cuando el botón de mover una cámara está apagado, distingue entre “esta cámara es fija”, “no lo pude comprobar” y “no tenés permiso”, porque no es lo mismo. Ver, mover y configurar son permisos distintos, y las zonas tapadas por privacidad no se levantan desde una vista: hace falta motivo escrito, duración limitada y, si la organización lo pide, un supervisor que lo autorice. Cada visualización queda registrada: quién vio qué cámara, en qué instante del video y desde dónde.

Lo que se busca es una sala que deje de rearmarse cada semana. Comprar más pantallas no lo consigue: cuatrocientas cámaras contra doce huecos siguen siendo cuatrocientas contra doce. Lo consigue decidir bien una vez —la vista de la mañana, la ronda del turno de noche, el muro del vestíbulo— y que la decisión quede. Una plantilla guarda la forma del muro y sus celdas, y las suelta sobre cualquier otro muro con un clic; lo que nunca se lleva es el nombre, el enlace público ni los permisos, porque una plantilla es diseño y no identidad. El llenado automático mete de un golpe las cámaras de una zona, en orden, y después dice cuántas entraron y cuántas se quedaron fuera. Y el foco de atención hace lo suyo solo: la cámara de un incidente abierto se acomoda en el mosaico y se va al resolverse, con unos segundos de gracia para que no ande entrando y saliendo.

En una demostración se ve el muro bonito; lo que hay que poder mirar es lo de abajo, y por eso cada celda declara lo suyo. Cuántas imágenes por segundo está dando de verdad, medidas en el navegador y no declaradas por nadie. Cuánto caudal se lleva. Si está grabando ahora mismo o solo configurada para grabar. En qué servidor. Y donde no hay número no se pinta un cero: se dice si está midiendo, si no hay directo, si no hay dato o si está apagada, porque un cero medido y una medida que falta no son la misma cosa. Cada sesión guarda además resolución, fluidez, pérdida y retardo, así que se comprueba cámara por cámara si lo que llega es lo que se contrató. Ahí aparecen respuestas a preguntas que casi nunca las tienen: qué sedes andan con mala red, qué cámaras rinden menos de lo prometido, cuántos minutos de video se miran por turno. Y nada de esto necesita mouse: las flechas mueven la selección de celda, una tecla cambia la rejilla y otra abre el buscador de cámaras.

Las cifras

Contado, no estimado

  • 433opciones de directo y muro, contadas una a una
  • 64cámaras en una sola pantalla de muro
  • 20formas de rejilla, más la que dibujés vos
  • 10tipos de contenido que caben en una celda
  • 32muros distintos que encadena una sola pantalla
  • 8formas para marcar zonas y líneas sobre la imagen

Preguntas

¿Hay que cambiar de cámaras para tener un video wall así?

No. IRIS trabaja con las cámaras que ya están puestas, y el operador lo maneja todo desde el navegador, sin instalar ningún programa en cada puesto. Lo que cambia no es el equipo colgado allá afuera: es que el mosaico se arma en dos clics, se guarda y vuelve igual mañana, y que el muro de la sala se gobierna desde el escritorio.

¿Cuántas cámaras caben en una pantalla a la vez?

Hasta 64 celdas por pantalla, con veinte formas de rejilla o colocación libre a mano. Aparte hay un tope, configurable por servidor, de cuántas de esas celdas dan video en vivo a la vez, para no ahogar ni el puesto del operador ni la red. Las celdas que pasan de ese tope no se quedan negras: enseñan imagen fija que se refresca, y la propia celda avisa de que es una decisión del sistema y no una falla.

¿Quién puede ver cada cámara, y queda constancia de quién la vio?

Son tres permisos separados —ver, mover, configurar— y encima cada cámara lleva su propia lista de acceso, persona por persona. Destapar una zona tapada por privacidad no se hace desde una vista: pide motivo escrito, duración limitada y, si la organización lo exige, la firma de un supervisor. Y sí, todo deja rastro. Quién vio qué cámara, quién la movió, quién destapó qué y quién entró a un muro publicado: con nombre, hora, sitio desde el que se hizo y por qué vía.

Una celda deja de dar video. ¿Cómo sé si es una falla o una decisión?

Porque la celda lo dice. IRIS distingue tres motivos y los nombra: se llegó al tope de video en vivo a la vez —decisión del sistema, no falla—, la cámara está caída, o el flujo se quedó parado. En el primer caso la celda pasa a imagen fija que se refresca y sigue sirviendo; en los otros dos vuelve a conectar sola y lo indica mientras lo hace. Un operador puede además exigir que sus celdas nunca pasen a imagen fija. Y si una celda está negra porque no tenés acceso a esa cámara, también lo pone: un cuadro negro sin explicación es la peor respuesta posible en una sala.

¿Qué hace falta de verdad para montar un muro de pantallas?

Menos de lo que la gente supone. Una pantalla con navegador —televisor, monitor o cubo de video— conectada al servidor por el mismo puerto seguro que usa todo lo demás, y ya. En esa pantalla no se instala nada y no hay archivo de configuración que tocar: la forma del muro, lo que va en cada celda, la compensación de los marcos y hasta la banda de texto se ajustan desde la web. El enlace publicado se abre sin escribir contraseña, y trae PIN, vencimiento y lista de direcciones permitidas. Lo caro es lo otro, lo que no vende ningún fabricante: decidir qué se ve. Esa parte le toca a la sala, y el resto está armado para que solo haya que hacerla una vez.

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La interfaz real, paso a paso

Vos ponés la regla una vez. IRIS la aplica siempre.

Paso a paso y sin manos, un resumen de la interfaz. Cada vuelta arranca con otro caso. Y la herramienta completa no cabe en una demostración.

  1. Cuatro cámaras a la vez
  2. Cada una entiende lo suyo
  3. Los números suben solos
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Y lo mejor

A nadie lo contrataron para mirar una pantalla.Lo contrataron para saber qué hacer.

Lo que pide una decisión es lo único que le llega a alguien; las cuatro mil las mira IRIS a la vez. Una máquina mira mejor que nadie; decidir sigue siendo cosa de una persona.

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Respondemos el mismo día hábil.