Saltar al contenido
IRIS NEURALContacto
Volver a capacidades

¿Y si la llave del recinto fuera la propia patente?

La patente abre la barrera, y queda escrito quién pasó

Hoy un recinto con barrera se gobierna con tarjetas que se prestan, controles que se pierden y un cuaderno en la garita. IRIS lee la patente mientras el vehículo entra, la compara con las listas que cargó el cliente y decide en ese momento si abre o no. Cada paso queda con su hora, su cámara, su foto y su video, así que meses después se reconstruye quién entró, cuándo salió y cuánto se demoró. La lectura se prende cámara por cámara: las elige el cliente, y solo donde hace falta.

De una mirada

Lo que sabe hacer

  • Lee en movimiento

    No hay que detener el auto ni pedirle que se acomode. Mientras cruza el campo de la cámara, cada vehículo deja decenas de lecturas, y con que una salga buena basta.

  • 166 formatos, 72 países

    Un camión con patente extranjera que entra a una planta se lee igual que uno de la casa: la lista de autorizados no se cae porque llegue un vehículo de afuera. Cada formato se prende y se apaga por separado.

  • Se prende cámara por cámara

    De fábrica está apagada. Se prende en el control de accesos y no en la cámara del patio de un colegio. Y en qué cámaras quedó prendida se registra.

  • Listas: quién pasa

    Las listas son de cinco tipos —bloqueada, autorizada, VIP, vigilada, y la que el cliente invente— y cada patente que va adentro puede llevar su propio horario.

  • Diez tipos de acceso

    Puede ser una barrera, un portón, un torniquete, un bolardo, una reja, una barrera de foso… o nada: solo dejar registrado el paso. La secuencia de apertura se arma paso a paso desde la web.

  • Origen, destino y tiempos

    Con dos puntos de lectura y una resta sale cuánto se demora de verdad en cruzar un tramo. Ese es un dato de gestión; de vigilancia no tiene nada.

  • Estacionamiento y aforo

    Cuántos espacios hay ocupados y cuántos libres, qué vehículos están adentro en este momento y desde qué hora, y un aviso cuando alguno lleva más horas adentro de las que debería.

  • Encontrarlo después

    Entre cientos de miles de pasos, dieciséis filtros para dar con uno: hora, cámara, color, tipo de vehículo, lista. Y cada paso viene con su foto y con su video.

  • Caracteres que se parecen

    El cero con la O. El uno con la I. El ocho con la B. Son quince parejas conocidas y se prenden de a una; cada una viene con un caso real de esa misma instalación, o con el aviso de que acá todavía no se midió ninguno.

  • Entrar dos veces sin haber salido

    Es el «pásame la tarjeta» de siempre, ahora con el auto. Se puede abrir igual dejando constancia, o se puede denegar. Y el auto que quedó detenido frente a la barrera no entra cuarenta veces: cuenta como un paso.

  • Cuando no vale, se dice por qué

    Aunque la lectura no quede guardada, sus cinco motivos de descarte se cuentan por hora. Con eso se ve cuántas se pierden y por qué; un contador que solo muestra los aciertos no dice nada de eso.

  • Cada lista dice para qué es

    Cada lista lleva su finalidad declarada, su base legal y su propio plazo —de un día a diez años—, con borrado al vencer. La semana de la auditoría ya es tarde para improvisar un registro de tratamiento.

Patentes y control de vehículos

Una función que se prende donde hace falta, y solo ahí

Hoy un recinto con barrera se gobierna con tarjetas que se prestan, controles que se pierden y un guardia que sale de la garita a anotar una patente en un cuaderno. Y cuando hay que saber qué camión entró el martes a las siete, la respuesta está en ese cuaderno o no está en ninguna parte. IRIS lee la patente mientras el vehículo entra, la compara con las listas que cargó el cliente y decide en ese mismo momento si abre o no. La credencial deja de ser un plástico y pasa a ser el propio vehículo: no se presta, no se pierde y no se queda en la casa. Y cada paso queda guardado con su hora, su cámara, su foto y su video.

Este sitio lleva nueve zonas diciendo que IRIS no lee patentes, y en esas cámaras es verdad. La lectura de patentes es una función que se prende cámara por cámara, y de fábrica viene apagada. En el control de accesos de un estacionamiento se prende, porque para eso está. En la cámara del patio de un colegio no, porque no hace ninguna falta: ahí IRIS sigue viendo un vehículo, no una patente. Cada instalación decide dónde sí y dónde no, y esa decisión queda escrita con su fecha y su responsable. La función la piden todas las bases de licitación de control de accesos. Lo que no es habitual es poder contestar, con fecha y con nombre, en qué cámaras exactas está prendida. Tenerla la tiene mucha gente; tenerla bajo control, bastante menos.

Cuatro cosas, y ninguna es «leer un número». La primera son las listas: la barrera se abre sola a quien corresponde y a la hora que le toca, y una lista de bloqueo nunca queda tapada por una de permiso. La segunda es el origen y el destino: con dos puntos de lectura y una resta se sabe cuánto demora de verdad un camión entre el portón y el andén, qué recorridos se repiten y qué vehículos entraron y todavía no salen. Eso ya no es seguridad, es operación: mide la congestión de la que todo el mundo se queja sin poder demostrarla, y no persigue a nadie. Vender una barrera que se abre sola lo hace cualquiera; poner ese número sobre la mesa, muy poca gente. La tercera es el control de accesos en sí: diez tipos de punto —desde una barrera hasta un bolardo, o solo registrar el paso sin abrir nada— y una secuencia de apertura que el cliente arma paso a paso desde la web. Y la cuarta es el estacionamiento: espacios libres, aforo contado por vehículos identificados y aviso cuando alguien lleva adentro más horas de las previstas.

Lo que no hace también se dice. No se lee la marca ni el modelo: se sabe el tipo de vehículo y el color, y cuando la cámara no los vio bien, el campo queda vacío en vez de llenarse con algo que parezca real. Tampoco hay detección de pista; hay sentido de paso y rumbo de entrada y de salida, que es el dato que existe de verdad. El motor decide y registra, pero no mueve barreras por su cuenta: abrir a mano es un permiso aparte, pide un motivo escrito y queda a nombre de quien lo hizo. Se registra todo, también lo denegado —que es la llamada del cliente a las ocho de la mañana—, y meses después se puede reconstruir por qué se abrió aquella barrera aquel día y con qué criterio estaba configurada entonces. Todo viaja por un solo puerto, el 443, y funciona con la instalación desconectada de internet.

En la calle, una patente no viene limpia, ni derecha, ni bien iluminada. De ahí que un paso no sea una lectura sino decenas, todas las que caben mientras el vehículo cruza el campo de la cámara; el sistema las junta en un solo paso, porque con que una salga bien basta. Después está el problema de los caracteres que se parecen: el cero y la O, el uno y la I, el ocho y la B. IRIS mantiene un catálogo de quince parejas conocidas y se prenden de a una, no en bloque, porque no todas valen lo mismo: cuando lo que baila es una letra contra una cifra, el formato del país suele desempatar; cuando bailan dos cifras, no desempata nada, y esa pareja viene apagada de fábrica. Y cada pareja llega con un caso real de la propia instalación —dos patentes que se diferencian solo en ese carácter— o con la indicación de que acá no hay ninguno medido. Nunca con un ejemplo inventado.

Lo que no se lee bien no queda guardado, y tampoco queda callado. Los motivos de descarte son cinco: la lectura trae un carácter que no corresponde, es demasiado corta, es demasiado larga, no tiene ni una cifra, o el sistema no quedó lo bastante seguro. Cada uno de esos cinco se cuenta por hora, aunque la lectura se bote. Es lo único que queda de ella, y es lo que permite ver cuántas se están perdiendo en esa cámara y por qué, en vez de mirar un contador que solo muestra los aciertos. La pantalla dice siempre cuántas patentes y cuántas lecturas de cuántas se están mostrando, y con qué filtros: esconder dato en silencio no es filtrar. Y cuando un acceso determinado se aparta de la regla general para ser más permisivo, la pantalla lo avisa en rojo antes de guardar, porque una barrera física debería ser más estricta que un listado: una letra de diferencia es la puerta abriéndose al auto equivocado.

Las cifras

Contado, no estimado

  • 166formatos de patente, de 72 países
  • 10tipos de punto de acceso: barrera, torniquete, bolardo…
  • 16filtros para encontrar un vehículo entre las lecturas
  • 5permisos independientes; abrir una barrera es uno aparte
  • 15parejas de caracteres que el sistema sabe que se confunden
  • 32pasos como máximo en la secuencia que abre un acceso

Preguntas

Este sitio dice que IRIS no lee patentes. ¿En qué quedamos?

Las dos cosas son ciertas, y la diferencia está en la cámara. La lectura de patentes es una función que se prende cámara por cámara y de fábrica viene apagada. Donde no se prende —el patio de un colegio, un módulo de un recinto penitenciario, el perímetro de una obra— IRIS ve «un vehículo» y ahí se acaba: no lee el número, no lo guarda y no lo compara con nada. Por eso en esas páginas decimos que no lee patentes: en esas cámaras es literal. Donde sí hace falta —la barrera de un estacionamiento, el portón de un patio de camiones— se prende, porque es justo lo que el cliente fue a comprar. Quién la prendió, en qué cámaras y cuándo queda en la pista de auditoría, así que la respuesta a «¿dónde se leen patentes en esta instalación?» siempre se puede consultar, y siempre es una lista corta y comprobable. Y prenderla no es solo una decisión técnica: una patente es un dato personal, así que se prende donde está permitido y para una finalidad concreta, y lo que se guarda se guarda como lo que es —con su plazo, con quién lo puede ver y con el registro de quién lo consultó—.

¿Sabe IRIS de quién es el auto?

No. IRIS lee el número de la patente y lo compara con las listas que cargó el cliente, y ahí se acaba. Detrás no hay ningún registro de titulares: no consulta ninguna base de datos oficial, no sabe el nombre del propietario y no lo puede averiguar. Tampoco lee la marca ni el modelo. Lo que sí sabe es lo que la cámara vio —el tipo de vehículo y el color—, y cuando no los vio bien lo dice, en vez de llenar el hueco con una suposición. Una patente solo significa algo si el cliente la puso en una lista; y cada lista declara para qué sirve, con qué base legal y cuántos días se conservan sus datos, de un día a diez años, con borrado al vencer.

¿IRIS abre la barrera solo?

IRIS decide, registra y lleva la cuenta de quién está adentro. Lo que mueve físicamente la barrera es una secuencia que arma el cliente desde la web, paso a paso, y que se puede probar antes de que pase nada real: «¿qué harías con esta patente, en este acceso, a esta hora?», y la pantalla responde por el mismo camino que ocupa el motor de verdad. Abrir a mano es otra cosa y tiene su propio permiso, separado de todos los demás: hay que marcar una casilla, escribir un motivo y queda a nombre de quien lo hizo. Si la secuencia falla a mitad, se dice en qué paso falló y que puede haber quedado algo abierto, en vez de dar por buena una apertura que nadie confirmó. Y las credenciales que abren la barrera no salen nunca del servidor: no llegan al navegador, porque en muchos controladores esa dirección es la llave.

¿Y si la patente está sucia, doblada o tapada?

Barro, ángulo malo o poca luz suelen no ser problema: un paso deja decenas de lecturas y basta con que una salga bien. Con una patente que sencillamente no es legible, sí es problema: ahí no hay lectura, y el sistema no se inventa ninguna. Lo que sí hace es contar ese descarte con su motivo, para que se vea cuántas se están perdiendo en esa cámara. Si se pierde una de cada tres, el problema no lo arregla el software: lo arregla correr el poste, cambiar el ángulo o poner luz, y eso lo decimos antes de vender, no después. En un control de accesos, una patente que no se lee sale como «no está en ninguna lista», queda registrada con su imagen y la barrera no se abre sola: la abre una persona a mano, con motivo escrito y a su nombre. Y ojo, que es otra cosa distinta: darse cuenta de que un vehículo circula sin patente legible no necesita leer nada, y eso sí se hace en cámaras donde la lectura está apagada.

¿Y si se equivoca leyendo un carácter?

Pasa, y está previsto. Al comparar contra una lista hay tres criterios: exacto, solo confusiones conocidas —que es el de fábrica— y aproximado. El del medio admite diferencia solo en caracteres que de verdad se confunden, y solo en las parejas prendidas; no en cualquier carácter, que es justo lo que hace que una comparación blanda termine abriendo la barrera al auto de al lado. Para una barrera se puede exigir el criterio exacto, cero caracteres de diferencia, y si el ajuste de ese acceso queda más blando que la regla general, la pantalla lo dice en rojo antes de guardar. Después hay dos detalles que solo aparecen cuando esto se montó de verdad: el silencio de los avisos y el estado de quién está adentro se llevan por la patente de la lista y no por la leída, así que una letra bailada no se salta su propio silencio ni cuenta como una segunda entrada. Y cuando dos variantes de una patente compartieron el mismo seguimiento, eso ya no es un parecido: es la prueba de que era el mismo auto, y la pantalla lo marca como tal.

Ver todas las preguntas

La interfaz real, paso a paso

Usted pone la regla una vez. IRIS la aplica siempre.

Lo que corre es la interfaz resumida, paso a paso y sin que nadie la maneje. En cada arranque entra otro caso. Una demostración no da para mostrar la herramienta entera.

  1. Encuentra la patente
  2. Lee los caracteres
  3. Sigue la misma patente
IRIS NEURAL
30ES
IRISDirectoGrabacionesGISIncidencias3996SituaciónCasosLPRAutomatizacionesIRIS DATA
Pregunte o pida algo…Enviar
IRIS · Infinity Neural

Y lo mejor

El turno de noche no lo cubre nadie:lo cubre la cámara que ya está prendida.

No se cansa, no pestañea y no baja al casino por un café. Lo de madrugada lo entiende igual que lo entendería a mediodía, y quien está de turno se entera mientras ocurre.

Cuéntenos su problema y le decimos si IRIS lo entiende o todavía no.

Respondemos el mismo día hábil.