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¿Por qué el desayuno se traba a la misma hora todos los días?

El salón está lleno y la bandeja, vacía

Ocho y media de la mañana. El salón de desayuno está a pleno: las dos islas rodeadas de gente, casi todas las mesas ocupadas y varios huéspedes parados con el plato en la mano buscando lugar. En el atril de la entrada esperan doce personas. En la isla central hay una bandeja vacía desde hace un rato, con el fondo a la vista. Nadie del salón pudo ir a buscarla: están todos sirviendo cafés.

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Así se le pide

«Avisame cuando haya más de diez personas esperando en el atril o cuando el pasillo del bufé lleve cinco minutos sin poder pasar.»

Por el desayuno pasan todos los huéspedes, sin excepción, y es lo que más se puntúa de un hotel. En el salón casi nadie reclama: se van, y a los tres días aparece la reseña que habla de la fila y de las bandejas vacías, y la lee justo alguien que estaba por reservar para las vacaciones de invierno. Puertas adentro esa mañana no existe: no hay novedad, no hay parte, no hay número. Queda una sensación —que el jueves salió mal— y con una sensación no se pide una persona más.

Se decide una vez

Se decide una vez, con el jefe de salón delante: cuántas personas en el atril son demasiadas, cuántos minutos de pasillo bloqueado se aguantan y a quién se avisa a esa hora, porque a las ocho y media no está el mismo equipo que a las diez. Después IRIS lo aplica cada mañana, de lunes a domingo, en enero y en un martes de noviembre. La regla no se olvida cuando cambia el turno ni cuando se va la persona que se acordaba de mirar hacia la puerta.

Por el desayuno pasa el cien por ciento de los huéspedes, y casi siempre adentro de dos horas. Da igual cuántos lugares tenga el salón: si medio piso baja el mismo día a la misma hora, se llena. Y cuando se llena se llenan tres cosas a la vez, que es lo que nadie tiene en la cabeza: el atril de la entrada, el pasillo entre las islas y las bandejas.

El equipo lo sabe, pero lo sabe tarde. Uno está sirviendo cafés de espaldas a la puerta; otro repone la isla de la fruta mientras la de enfrente se queda seca. Cuando alguien levanta la cabeza ya hay doce personas paradas en el atril y un huésped mirando una bandeja vacía. No es culpa de nadie: en veinte minutos hay cuatro cosas para hacer y desde donde estás parado se ven dos.

IRIS mira el salón entero al mismo tiempo. Cuánta gente espera en el atril, si el pasillo del bufé está trabado y desde cuándo, si una bandeja lleva minutos vacía con gente adelante. Avisa mientras todavía se arregla, no cuando el salón ya se vació. Y deja el dato que ningún parte junta: a qué hora se llena tu desayuno cada día del año, un martes de marzo y un sábado de las vacaciones de invierno.

Hay una cosa más que solo se ve mirando todo junto. Muchas veces no falta gente: está toda en el mismo lugar. Dos personas reponiendo la misma isla mientras la fila del atril crece a sus espaldas. Verlo a la vez —fila, pasillo y bandejas— es lo que permite mover a alguien tres metros en vez de pedir una persona más. Y el día que de verdad hace falta una más, ya no se pide por sensación: se pide mostrando a qué hora pasa y cuántos días de la semana.

Qué cambia

Antes, la mala mañana se sabía tres días después: en la reseña, o en un comentario suelto en recepción mientras alguien hacía el check-out. Ahora el aviso le llega al jefe de salón con doce personas esperando en el atril, todavía a tiempo de mover a alguien, abrir la segunda cafetera o reponer la bandeja que quedó vacía. Y en julio, cuando el hotel se llena y el desayuno entero se junta en cuarenta minutos, ya no discute contra la memoria de tres mañanas: tiene la curva hora por hora de todo el mes.

Dónde se ve

  • El salón de desayuno a full, ocho y media de la mañana. Casi todas las mesas ocupadas, dos islas de buffet con gente sirviéndose alrededor y algunos huéspedes dando vueltas con el plato en la mano porque no tienen dónde sentarse. Atrás del cordón, en el atril de la entrada, hay una fila retenida: no entra nadie más hasta que se libere una mesa. Ahí IRIS cuenta cuatro cosas: cuánta gente hay adentro, cuánta espera afuera, cuántas mesas se liberan y qué zonas se saturan.

    CAM-498El comedor está lleno y la fila no pasa del atril

    «Avisame cuando haya más de diez personas esperando en el atril o cuando el pasillo del buffet lleve cinco minutos sin poder pasar.»

    Ver esta cámaraLos hoteles

  • Diez y cuarto de la mañana, final del desayuno. En la isla central quedan cuatro bandejas casi vacías, con los bordes sucios; por la mesada hay migas, platos usados y comida derramada, y en el piso alrededor cayeron medialunas y trozos de fruta. Un huésped espera parado con el plato en la mano; otros dos rodean la isla buscando dónde queda algo. Al fondo, la estación de servicio sigue atendida. IRIS ve la bandeja sin nada, la mesada sucia y lo que hay en el piso.

    CAM-502La bandeja está vacía y el huésped ya está delante

    «Avisame cuando una bandeja del buffet lleve más de cinco minutos vacía con huéspedes adelante, o cuando haya comida caída en el piso.»

    Ver esta cámaraLos hoteles

Lo que no hace

IRIS cuenta personas y mira zonas. No sabe quién es cada huésped, no reconoce rostros y no relaciona a nadie con su habitación ni con su reserva.

Y no sabe si el café está bueno ni si la fruta está fresca. Ve que hay fila, que el pasillo no avanza o que una bandeja está vacía. Lo que hay dentro de la bandeja lo juzga una persona, no una cámara.

Y cuenta peor cuando el salón está tan lleno que la gente se tapa entre sí. En el pico de las nueve, un grupo amontonado delante del atril puede quedarse corto en el recuento. Se dice antes de poner ningún número, porque un dato que se hunde justo en la hora pico es peor que no tener dato.

Preguntas

¿Cómo sabe que una bandeja está vacía y no por la mitad?
No mira la comida: mira el hueco. Vos marcás sobre la imagen dónde va cada bandeja, y el aviso salta cuando esa zona lleva sin producto los minutos que pusiste y además hay huéspedes parados adelante. Es lo mismo que un hueco en la góndola de un supermercado: lo que se ve es el fondo. Por eso funciona igual con medialunas que con fruta cortada, y nadie tiene que explicarle antes qué aspecto tiene cada cosa que servís.
¿Y si el hotel está lleno y la fila es inevitable?
Entonces el aviso te sirve de poco, pero el número te sirve mucho. Hay mañanas en las que no hay nada que arreglar sobre la marcha: el salón está a su máximo y listo. Lo que cambia es lo que hacés el mes siguiente. Si el histórico dice que de nueve a diez se llena todos los días de temporada y a las once el salón está medio vacío, esa es la conversación sobre horarios, sobre turnos y sobre si conviene abrir antes. La fila deja de ser una queja y pasa a ser un dato con el que se decide.
¿Funciona en un comedor con ventanal y mucho contraluz?
Sí, y es una buena pregunta, porque un salón de desayuno con vidriera es de los lugares más difíciles: contraluz a primera hora, mesas que se mueven, gente parada por todos lados. Lo que hay que revisar no es la marca de la cámara sino dónde está y qué encuadra: una cámara que mira el atril de frente contra el ventanal cuenta peor que una que lo ve desde arriba. Eso se comprueba antes de escribir ninguna regla, y se comprueba con el salón lleno, no vacío.
¿Puedo usar lo mismo en el restaurante de la cena?
Sí, moviendo los números. La cena tiene otro ritmo: en el atril casi no se hace fila, el amontonamiento se arma entre las mesas y lo que se traba no son las bandejas sino los platos que quedan parados en el pase. Se dibuja la zona donde corresponde y se ajustan los minutos a ese servicio. Lo que no cambia es la idea de fondo: decidís una vez qué es demasiado en tu casa e IRIS lo aplica en el desayuno, en el almuerzo y en la cena, sin que nadie tenga que volver a armar nada.

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Avisame si hay líquido o espuma fuera de su lugar y a los dos minutos sigue ahí.

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  3. Lo que encuentra
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