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¿Qué pasa con un aviso después de que salte?

Del aviso a la resolución: con dueño, con procedimiento y con plazo

Detectar no es decidir. Un sistema que solo detecta deja una lista de avisos que nadie cierra, y a las cuatro de la mañana hay una sola persona mirándola. Aquí cada aviso pasa a ser una incidencia: con dueño, con estado, con procedimiento, con el turno que responde y con hora de cierre. Si nadie la coge, sube sola hasta que alguien contesta.

De un vistazo

Lo que sabe hacer

  • Ningún aviso se pierde

    Cada disparo abre su incidencia, con su hora y su fotograma. Aunque cien repeticiones se plieguen en una sola fila, el contador sigue siendo exacto.

  • Cada tipo, su plazo

    Vienen 17 tipos de serie y cada uno trae su urgencia y sus minutos. Un fuego no espera lo mismo que un objeto olvidado, y la cola se ordena sola por vencimiento.

  • Procedimientos guiados

    La incidencia llega con sus pasos, en su orden. Hay pasos críticos, y hay pasos que no se pueden dar por hechos sin escribir qué se hizo.

  • Escalado sin silencios

    Si nadie la atiende dentro del plazo, el aviso sube de escalón. Cuando se acaban los escalones va al destino de último recurso: nunca acaba en silencio.

  • Quién está de guardia

    Los cuadrantes, las rotaciones y las sustituciones viven dentro. El aviso despierta a quien está de servicio ahora, no a quien figuraba en una lista de hace seis meses.

  • El relevo, por escrito

    El cambio de turno se registra: quién entrega, quién recoge, qué queda abierto y si quien entra lo ha confirmado. Lo que quedó a medias llega al siguiente.

  • Veintisiete filtros

    Una cola de doscientos avisos sin filtrar es una cola que se ignora. Cada operador guarda su vista y la comparte con su equipo.

  • El expediente que se entrega

    Un botón empaqueta la incidencia entera: informe, cronología, adjuntos e imágenes, cada uno con su huella. Lleva su propio verificador, que funciona sin conexión.

  • El cuadrante, por dentro

    Capas apiladas, rotación diaria, semanal o a medida, y reglas por día, franja, mes y excepción, incluso de amanecer a anochecer. Y si una franja no la cubre nadie, se declara: un hueco en blanco callaría el aviso; un hueco declarado lo hace saltar al escalón siguiente.

  • A quién le llega el aviso

    El destinatario puede ser una persona, un grupo o el turno de guardia entero: si es el turno, la persona se resuelve al disparar, nunca antes. Y un envío que falla no consume escalón: se reintenta el mismo, porque un aviso que no llegó a salir no puede darse por dado.

  • Veinte avisos, una incidencia

    Agrupar viene apagado de serie y es preferencia de cada persona: junta filas, y eso no debe pasar sin que alguien lo pida. Si la incidencia que representa al grupo deja de estar pendiente, el grupo se cierra y lo siguiente empieza grupo nuevo.

  • Cerrar deja constancia

    Al cerrar se rellena el formulario de acciones tomadas, y lo respondido queda como dato explotable, no como texto suelto. El informe se puede prerrellenar con la cronología real de la incidencia, pero no se guarda hasta que una persona lo revisa, con su nombre y su hora.

La sala de control

Detectar no es decidir

A las cuatro de la mañana hay una persona delante de la pantalla. Lo que necesita no es más información: es saber qué hacer. Por eso la incidencia no llega sola, llega con su guion: los pasos, en su orden, con los críticos marcados. Un paso puede exigir que se escriba qué se hizo antes de darlo por hecho. Y se puede cerrar con pasos sin validar, pero hay que decir por qué, queda con nombre y hora, y hace falta un permiso aparte para poder hacerlo.

Un aviso que nadie coge no puede quedarse quieto. Cada política es una escalera: quién lo recibe primero, cuánto se espera y a quién se avisa después. Responder detiene la subida —asignársela, validarla, comentarla—, aunque todavía no la resuelva. Si el turno se ha quedado sin nadie, el aviso salta al peldaño siguiente en vez de callarse; agotados todos, va al destino de último recurso. Y antes de poner una política en marcha se puede simular sin enviar nada: dice a quién avisaría y, sobre todo, qué avisos se quedarían sin nadie detrás.

Después está la pregunta que casi ningún sistema de vídeo se hace: ¿cuánto ruido está produciendo esto, y puede una persona con ese ritmo? IRIS lo mide en avisos por operador y por hora, y lo compara con los umbrales que publica la práctica de gestión de alarmas. Enseña qué cámara y qué regla están saturando la sala, para poder afinarlas en vez de apagarlas a ciegas. Las repeticiones se pueden plegar en una fila con su contador, pero plegar no borra: el detalle sigue guardado y el número cuadra. Y queda registrado quién silencia qué, porque un aviso incómodo no puede desaparecer sin dejar rastro.

Y queda lo de después. Cada incidencia guarda su cronología completa: quién la vio, quién la cambió, qué escribió y a qué hora la cerró. El registro solo admite añadir y va encadenado, de manera que un retoque posterior se nota. Un botón empaqueta el expediente para entregarlo a una aseguradora, a un juzgado o a un auditor, con la huella de cada fichero y una página que lo comprueba sin conexión. Todo esto viaja por un único puerto, el 443, y funciona sin salir a internet: ni una imagen ni un dato salen a un tercero.

Quién responde a las cuatro de la mañana de un domingo no es una pregunta de organigrama: es una pregunta que el sistema tiene que saber contestar solo. El cuadrante vive dentro, con sus capas, sus rotaciones y sus reglas por día, franja y mes; y una sustitución manda sobre todo lo demás mientras dura. Cuando el aviso sale, el destinatario puede ser una persona, un grupo o el turno entero: si es el turno, la persona se resuelve en el momento de disparar, nunca antes. Y si el envío falla, el plazo no avanza y se reintenta el mismo escalón, porque un aviso que no llegó a salir no puede consumir un peldaño en silencio. Seis meses después se puede volver a preguntar quién estaba de guardia aquel martes y obtener la respuesta correcta, porque el cuadrante no se sobrescribe: cada versión se cierra y se guarda.

Cerrar no es hacer desaparecer una fila. Al cerrar se rellena el formulario de acciones tomadas que haya definido la casa, y lo respondido queda como dato: se puede agrupar por tipo, por cámara, por zona, por turno y por operador. El informe se puede prerrellenar con la cronología real —qué estaba previsto, qué ocurrió y por qué—, pero no se guarda hasta que una persona lo revisa, y queda con su nombre y su hora. De ahí salen los dos números que se llevan a la reunión del mes: cuánto se tarda en atender y cuánto en resolver. Y donde el sistema no puede calcular algo lo dice por escrito en vez de poner un cero: si la cámara no está calibrada, no hay velocidad, y un guion nunca significa que valga cero.

Las cifras

Contado, no estimado

  • 27filtros combinables en la cola del operador
  • 17tipos de incidencia de serie, cada uno con su plazo
  • 41permisos distintos para decidir quién puede qué
  • 489acciones distintas que quedan registradas
  • 16políticas de retención de serie, una por categoría
  • 7estados por los que pasa una incidencia, con transiciones comprobadas

Preguntas

¿Qué pasa si nadie atiende un aviso?

Sube. Cada aviso entra en una escalera con sus plazos: si al vencer el primero nadie ha respondido, se avisa al escalón siguiente, y así hacia arriba. Responder es asignársela, validarla, cerrarla o comentarla; eso detiene la subida, aunque no resuelva el caso. Si un turno se ha quedado sin nadie de guardia, el aviso salta al peldaño siguiente en vez de callarse. Y cuando se agotan los escalones y las repeticiones, se avisa a un destino de último recurso. Nunca acaba en silencio.

¿Cómo se evita que la sala se ahogue en avisos?

Con tres cosas. Las repeticiones de una misma cámara se pliegan en una sola fila con su contador, sin borrar ninguna: el detalle sigue guardado y el número siempre cuadra. La cola se filtra por 27 criterios combinables, y cada operador guarda su vista y la comparte con el equipo. Y un panel mide cuántos avisos recibe cada persona por hora y señala qué cámara y qué regla los producen, para afinarlas en lugar de apagarlas. Además queda registro de quién ha silenciado qué.

¿Se puede demostrar después qué se hizo?

Sí. Cada incidencia guarda su cronología entera: quién la abrió, quién la miró, qué cambió, qué escribió y cuándo la cerró. El registro solo admite añadir, va encadenado criptográficamente y se puede verificar cuando se quiera; si algo se hubiera tocado, dice en qué apunte exacto se rompe la cadena. El expediente se descarga como un paquete firmado, con la huella de cada archivo y una página que lo comprueba sin conexión ni programas. Y lo que existía antes de activar el encadenado se declara como no verificable, en vez de hacerlo pasar por verificado.

¿Y si el que falla es el propio escalado?

Un escalado que falla en silencio es peor que no tener escalado, así que se mide y se enseña. Un panel dice si está corriendo, si corre pero hay avisos que no llegan, o si está parado, y da el motivo en texto llano: apagado, nunca ejecutado, la última pasada dio error, lleva tantos minutos sin pasar. Avisa también de lo que nadie mira hasta que es tarde: que no hay ningún canal activo por el que salir, o cuántas personas del equipo no tienen forma de recibir un aviso. Y se ve, de las últimas 24 horas, cuántos escalados se quedaron sin destinatario y cuántas veces hubo que tirar del último recurso. Además, recién instalado arranca desarmado a propósito: solo simula y deja el plan escrito, y alguien tiene que armarlo servidor por servidor. Un despliegue no puede empezar a llamar a gente por su cuenta.

¿Qué pasa si dos operadores cogen la misma incidencia a la vez?

Se ven. La ficha dice, con nombres, quién más la está mirando en ese momento; y si estás solo, también lo dice. Asignársela es reclamar la propiedad, y ese gesto queda con su hora: es además lo que detiene el escalado, aunque todavía no resuelva nada. Los estados no se pueden saltar de cualquiera a cualquiera: el servidor comprueba cada cambio y rechaza el que no toca, diciendo de dónde a dónde se intentó ir, así que dos personas no pueden dejar la misma incidencia en dos sitios distintos. Y todo lo que hicieron las dos queda en la misma línea de tiempo: quién la abrió, quién la miró, quién la cambió y qué escribió cada una.

La interfaz real, paso a paso

Tú pones la regla una vez. IRIS la aplica siempre.

Verás un resumen de la interfaz, reproducido paso a paso y sin manos. Cada vuelta empieza con otro caso. La herramienta completa no cabe en una demostración.

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Y lo mejor

No hay obra, ni zanjas, ni cables nuevos:las cámaras ya están puestas y ya están mirando.

Lo que cambia es lo que pasa con esa imagen. Antes se guardaba y no la veía nadie; ahora se entiende mientras ocurre, con los mismos equipos que compraste hace años.

Explícanos tu problema y te decimos si IRIS lo entiende o todavía no.

Respondemos el mismo día laborable.